Descarga de internet grátisEL Peregrino de Compostela Salí de la ciudad trasponiendo las murallas por la Porte D'Espagne. En el pasado ésta había sido la ruta preferida de los invasores romanos y por aquí también pasaron los ejércitos de Carlomagno y Napoleón. Seguí en silencio, oyendo a lo lejos la banda de música y, súbitamente, en las ruinas de un poblado próximo a San Juan, fui embargado por una inmensa emoción y mis ojos se llenaron de lágrimas: allí, en esas ruinas, me di cuenta por primera vez de que mis pies estaban pisando el Extraño Camino de Santiago. Rodeando el valle, los Pirineos, coloridos por la música de la bandita y por el sol de esa mañana, me daban la sensación de algo primitivo, de algo ya olvidado por el género humano, pero que de ninguna manera podía saber qué era. Mientras tanto, era una sensación extraña y fuerte; resolví apretar el paso y llegar a la brevedad posible al sitio donde dijo Mme. Lawrence que me esperaba el guía. Sin parar de caminar, me quité la camiseta y la guardé en la mochila. Las colgaderas comenzaban a lastimar un poco los hombros desnudos, pero, en compensación, los viejos tenis eran tan suaves que no me causaban ninguna incomodidad. Luego de casi cuarenta minutos, en una curva que rodeaba una gigantesca piedra, llegué al antiguo pozo abandonado. Allí, sentado en el suelo, un hombre de unos cincuenta años —de cabellos negros y aspecto gitano— revolvía su mochila buscando algo. —Hola —dije en español, con la misma timidez que experimentaba siempre que era presentado con alguien—. Debes estar esperándome. Me llamo Paulo. El hombre dejó de esculcar en su mochila y me miró de arriba abajo. Su mirada era fría y no pareció sorprendido por mi llegada. Yo también tuve la vaga sensación de que lo conocía. —Sí, estaba esperándote, pero no sabía que te encontraría tan pronto. ¿Qué quieres? Me desconcerté un poco con la pregunta y respondí que yo era quien él guiaría por la Vía Láctea en busca de la espada. —No es necesario —dijo el hombre—. Si tú quieres, yo puedo encontrarla para ti, pero tienes que decidirlo ahora. Cada vez me parecía más extraña aquella conversación con el desconocido. Mientras tanto, como había jurado obediencia, me preparaba para responder. Si él podía encontrar la espada para mí, me ahorraría un tiempo enorme y podría volver luego a atender a las personas y los asuntos dejados en Brasil, que no se apartaban de mi mente. También podría tratarse de un truco, pero no habría ningún mal en responder. Resolví decir que sí y de repente, detrás de mí, oí una voz que hablaba en español, con un acento marcadísimo: —No es necesario subir una montaña para saber si es alta. ¡Era la contraseña! Volteé y vi a un hombre como de cuarenta años, bermudas caqui, camiseta blanca sudada, mirando fijamente al gitano. Tenía los cabellos grises y la piel quemada por el sol. En mi prisa había olvidado las reglas más elementales de protección y me había puesto en manos del primer desconocido que me encontré. —El barco está más seguro cuando está en el puerto; pero no es para eso que se construyeron los barcos —le dije como contraseña. Mientras, el hombre no despegaba los ojos del gitano, ni el gitano desvió los ojos de él. Se miraron frente a frente durante algunos minutos, sin miedo y sin valentía, hasta que el gitano dejó la mochila en el suelo, sonrió con desdén y prosiguió con dirección a San Juan Pied-de-Port. —Me llamo Petrus —dijo el recién llegado, en cuanto el gitano desapareció tras la inmensa piedra que yo había rodeado minutos antes—. La próxima vez sé más cauteloso. Noté un tono simpático en su voz, diferente del tono del gitano y del de la propia Mme. Lawrence. Levantó su mochila del suelo y reparé en que tenía dibujada una venera en la parte de atrás. Sacó de dentro una garrafa de vino, tomó un trago y me ofreció. Mientras bebía, pregunté quién era el gitano. —Ésta es una ruta fronteriza, muy usada por contrabandistas y terroristas refugiados del País Vasco español —dijo Petrus—. La policía casi no viene por aquí. —No me estás respondiendo. Ustedes dos se miraron como viejos conocidos y tengo la impresión de que yo también lo conozco, por eso fui tan poco precavido. Petrus se rió y pidió que emprendiéramos pronto el camino. Tomé mis cosas y comenzamos a caminar en silencio, pero, por la risa de Petrus, sabía que estaba pensando lo mismo que yo. Nos habíamos encontrado con un demonio. Veinte años después de su peregrinación a Santiago de Compostela, contado en su libro El Peregrino de Compostela, Paulo Coelho decidió conmemorar este cumpleaños viajando el mundo. Conozca sus relatos y los relatos de sus lectores en su blog Encuentros en el Camino – El Peregrino de Compostela Compre El Peregrino de Compostela en la fnac.es. Compre El Peregrino de Compostela en la casadellibro.com. |
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